El tesoro de las misericordias de Dios

Fuente: Obras espirituales, Edición de Joseph Sanchís, Antonio Marín, Madrid, 1763.

CAPITULO PRIMERO

|486 En que el pecador, alegando sus miserias, pide al Padre Eterno sus misericordias.

Aquel profeta que hallasteis, Dios mío, tan hecho a vuestro gusto, y enriquecisteis de vuestro espíritu, en uno de los salmos que hizo para que en vuestra Iglesia os canten eternas alabanzas, convida a su alma a daros mil bendiciones, así por las mercedes tan continuas que nos hacéis como por los grandes merecimientos vuestros. En especial pondera y canta vuestra inefable misericordia haciéndose lenguas y multiplicando palabras para explicar su  grandeza y el sentimiento que de ella tiene. Y dice: Sois hacedor de misericordias, y que sois misericordioso, Señor, largo de ánimo y  misericordiosísimo.

Linda repetición de palabras  y ¡que bien encarece con ellas vuestro profeta lo que pretende! Sois el artífice, el oficial de las misericordias. Tenéis por oficio y es vuestra profesión el hacerlas. El buen oficial préciase de  su oficio y las obras de sus manos salen muy acabadas. Os esmeráis, Dios mío, en vuestras misericordias. Las hacéis con mil primores perfeccionadas.

Vos, Señor, sois el hacedor de misericordias. Tenéis la fama y el uso. Sabéis el oficio y ¡que bien! Y le ejercitáis como si solo de eso hubieseis de sustentaros y manteneros. Y cuando por la dureza del pecador no halláis en él disposición para vuestra obra, tenéis paciencia, vaisle labrando poco a poco aquella dureza con latidos, con avisos, dando aldabadas al alma con continuas inspiraciones y llamamientos, las noches, días, meses y aun años, con un requiebro y otro, diciéndola: Vuélvete a mí que te va tu remedio. Ábreme la puerta que estoy al sereno y rigor de la noche llamando.

Y es vuestra espera tan grande, y estáis tan tocado de la yerba de amor de las almas, que aunque no se levanten luego, como la otra grosera desposada cuando llamaba su querido, queréisnos tanto. ¡Mil, y aún millones de veces seáis bendito! Que las esperáis mucho tiempo a que se dispongan, como lo dice uno de vuestros profetas: Por eso espera el Señor, calla, sufre y disimula.

Y si bien lo miramos, fuera de hacer vuestro oficio, hacéis vuestro negocio y el mío, porque si fueseis, mi Señor, tan puntual y ejecutivo que en haciéndola el pecador, luego la pagara, ¿qué hubiera sido de los que ahora son vuestros mayores amigos? ¿Qué fuera de un David con su homicidio y adulterio? ¿Dónde estuviera Pedro con su negación? ¿Qué fuera de Pablo y Agustino persiguiendo a vuestra Iglesia? ¿Y la Magdalena? Y descendiendo a lo más cercano e ínfimo, Señor mío, ¿qué hubiera sido de mí si de las muchas ofensas que os he hecho os quisierais a la primera pagar? Mucho ha que mi pobre alma estuviera pobrísima donde está la de aquél que os vendió.

Pero también, digámoslo todo, ¿qué fuera de Vos? Cierto es que no fuerais tan rico ni se hubiera aumentado tanto vuestro caudal, que es de almas, pero vuestra bondad y misericordia os hace muy próspero, y por eso os preciáis más de misericordioso que de justiciero. Y habéis mostrado siempre que a las obras de misericordia venís de voluntad con alas a los pies y a las de justicia con pasos tardos, que parece que cada pie os pesa un quintal, y tan forzado, que un profeta las llama obras extrañas y ajenas de vuestra a condición.

Porque, ¿qué cosa más ajena del autor de la vida que dar la muerte, ni más peregrina del Señor de la gloria, que causar pena? Por eso, aunque esas dos cosas, culpa y pena, son, de su naturaleza, vecinas y como hermanas de un vientre, pero vuestra inefable bondad las deshermanó y apartó. Y puso entre ellas dilación y tardanza, consagrando a vuestra benignidad este espacio que hay del pecado al castigo, para que, en él, vuestra misericordia previniese al hombre, o con esperanza de premio, o con amenazas de castigo. Y así tuviese el pecador tiempo de arrepentirse y volver sobre sí.

En desarrollo, regrese en unos días

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