La vida de Dios incomprensible y divina

 

 

 

Los fragmentos y el número de páginas pertenecen a la obra JUAN FALCONI, 1596-1638, ANTOLOGIA DE TEXTOS. Estudio preliminar y edición de Antonio García Megía y María Dolores Mira y Gómez de Mercado, Universidad de Almería, Servicio de publicaciones, 2009

 

 

 

 

LA VIDA DE DIOS INCOMPRENSIBLE Y DIVINA

Su infinita perfección y ocupaciones de su omnipotencia. Visto a la corta luz del humano juicio, pero guiado por la Sagrada Escritura, y Santos Padres. Y al fin va un tratado para saber juntar partes en la oración, leyendo la Vida de Dios en la de  de Cristo que sirve de paso para la  Segunda Cartilla. (pp. 113-132)

Introducción

A la majestad soberana de nuestro gran Dios.

La Vida de Dios, ¿a quién mejor se puede dedicar que al mismo Dios? A vuestra Majestad, pues la consagro, soberano Señor, suplicándoos dos cosas humildemente postrado a esos pies de padre. La una es perdonéis el haberme atrevido a tal empresa como es tratar de una vida tan alta de un ser tan soberano como el vuestro,  y ya que Vos me disteis el deseo bueno de hacerla, otorgadme el perdón de mi defectuosa ejecución.

La otra es que, pues sabéis  y podéis, hagáis que los que la leyeren amen perfectamente tal vida, tal ser y tal bondad, para que después la gocen eternamente con Vos.

 Luz de la obra de que pende saber el intento del autor y entender el libro.

Hame movido a escribir este libro el ver que apenas hay autor que con discurso e intento seguido haya escrito de este asunto,  siendo así que es el más importante, más alto y más necesario que hay, pues todo el fin de la criatura es ordenado a conocer y amar a su criador. Y como no se puede amar lo que no se conoce, y como tanto se amará más cuanto más se conociere y más noticia se tuviere de sus partes y perfecciones, de aquí es que el punto más importante y necesario de cuantos hay es procurar, conocer y saber quien sea Dios.

De donde es mucho de maravillar cuán poco cuidan las gentes de saber quién sea, |102 cuál su naturaleza  y ser, siendo así que todos son criaturas suyas, hijos suyos y hechuras de sus manos. Y que no es acá tan propio del hijo saber de su padre y conocerle, como lo es de cada hombre saber de su Padre Dios, conocerle y tratarle. Pues, ¿a qué hijo le dijeran que su padre, el que le engendró, a quien nunca había visto, estaba allí, cerca dos pasos de él, que no deseara verle, y conocerle y tratarle? Y que siendo Dios nuestro Padre, nuestro Dios y todo nuestro ser,  y que teniéndole tan cerca de nosotros y dentro  y fuera de nuestras almas, ¿no estemos ansiosos por saber quién sea este Dios, cuál su naturaleza, qué perfecciones y calidades las suyas? Que apenas toparemos quien diga, ni sepa dar razón, de qué ser tiene Dios, ni qué naturaleza, ni aun quien desee ni procure saberlo.

Vemos acá los hombres cargados de hidalguías, de cartapapeles, de libros y genealogías de sus padres y originales. Y que otra cosa no hablan, sino yo soy hijo de fulano, de tal descendencia, de tal casa, de tal apellido; mis abuelos fueron con tantos hábitos, hicieron tantas hazañas y tuvieron éstas y otras partes. Y esto lo saben en la uña, y no solo los suyos, sino los ajenos linajes y los que no les tocan. Y de ser hijos de Dios ni de saber quién sea este Dios, su Padre, cuál su ser sin principio, cuál su perfección, ni de conocerle, apenas hay quien se acuerde. Y lo que más más, algunos llegaron a saber o conocer de él, fue lo que a fuerza de brazos, y de azotes, y de reñirles sus padres y maestros, leyeron en la cartilla que fue la doctrina de los niños; y aun de ella hay tantos ignorantes que no se les debe a los tales llamar cristianos ni hijos de Dios, sino bárbaros incultos y animales del campo, y aun peores, que esto, se queja Dios por Isaías, son algunos. Oíd, Cielos, dice Dios, y vos, Tierra, abrid los oídos, porque quiere hablar el Señor: Hágoos saber que he engendrado y criado hijos, pero ellos no han hecho caso de mí, porque el buey conoce a su dueño y el jumento a su Señor, pero Israel no trata de conocerme y mi pueblo  no quiere entender, ni saber, quien soy.

Muy justamente se queja Dios. Y también me maravillo que, sabiendo tenemos un Dios que es nuestro Padre y todo nuestro ser y respiración, no tratamos de procurar conocerle.

Explicase más el intento de este libro.

Bien sé que hay en los libros de los santos muchas cosas sueltas de las perfecciones divinas y, también y más principalmente,  en la Sagrada Escritura, pero eso es para los doctos, para los leídos y para los que saben sacar la miel de esas flores y hacer el panal. Mas para el común de los fieles es, sin duda, que hay gran falta en esto y que hay poquísimos que sepan quien es Dios. Y así, es cierto sería de gran importancia, en el mejor modo que fuera posible, dárselo a entender claro y en romance, para que, sabiendo quién era su Dios, cuán hermoso, cuán cabal, cuán agraciado, cuán amoroso, cuán dadivoso, cuán digno de ser amado sobre todas las cosas, se inclinasen las voluntades a Él y dejasen las vanas hermosuras y quimeras de este desdichado mundo.

Y, aunque es verdad que hay libros en romance que tratan de la vida de Cristo, nuestro bien, de sus obras, hechos  y virtudes santísimas, pero esos, más tratan de Cristo en cuanto hombre que en cuanto Dios. Y más tratan de las virtudes, y ser humano, y criado, que en Él hubo, que de su ser y naturaleza divina. Y pues de Cristo hombre, enviado por el Padre, dádiva y don de sus divinas y liberales manos, es tan necesario saber sus obras, sus dolores, su pasión, su muerte, su reden- |105 –ción, sus soberanas virtudes, para ejemplo y dechado nuestro, con cuánta razón será necesario saber y manifestar a los fieles la naturaleza y perfecciones del que nos envió esa humanidad, del dador de ese don y de la fuente de donde nos emanó tanto bien que es Dios en Sí mismo, en su ser y naturaleza divina, pura y simple, fuente y origen de la humanidad de Cristo, de los ángeles, de los hombres, de todas las criaturas y de todo lo que es creable por su omnipotencia.

De este Señor, pues, de este gran Dios infinito, invisible y sin límite, es mi intento tratar. Y como otros escriben la vida de Cristo, de su Madre y de sus santos, en romance y para todo el pueblo, quisiera, dándome Dios su luz, escribir la vida del mismo Dios, esto es, quién sea este Señor, cuál su ser sin principio, cuál su naturaleza, cuáles sus perfecciones y hermosura, y qué es en lo que Dios se ocupa y entiende, que claro es que no está ocioso y parado. Y ya que no se pueda decir ello como es, pues eso es imposible lo diga lengua criada, por lo menos, dar alguna luz de lo que es este Señor en su ser simplicísimo y divino en cuanto Dios, fuente  y principio de todo ser, para que eso nos mueva a |106 amarle, servirle y buscarle sobre todas las cosas.

El otro intento de escribir este libro es decir cómo se han de juntar partes en la oración.

Y hame movido también a escribir este libro el dar un paso más en materia de oración, que en tres estados están los que aprenden a leer un libro. El primero es saber las letras del ABC. El segundo, juntar partes. Y el tercero, leer sueltamente. Para saber lo primero en la oración y leer en el libro de vida eterna Cristo, nuestro bien, salió la Cartilla. Para lo segundo, sale ahora este libro en que se da alguna luz de las partes que hay en Cristo, digámoslo así, o de las dos naturalezas, divina y humana, para que, juntando partes  y confiriendo la una con la otra, consideremos mejor lo mucho que tenemos en Cristo. Y para este fin se dice aquí cuál sea el ser, la vida y alteza de Dios, para que más se vea la gran fineza que hizo en humanarse, y así tenga el alma mayor conocimiento para adorarle, amarle e imitarle. Y el tercer libro para leer sueltamente en este Señor, que es el que queda prometido en la Cartilla, saldrá después siendo Dios servido.

Vamos, pues, a lo primero, que es tratar de las perfecciones de la divinidad de Dios […].

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