Dirección de almas

María Dolores Mira y Gómez de Mercado

Antonio García Megía

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La vida como profesor en Alcalá no satisface plenamente a Falconi. Por sus conocimientos y virtudes sus alumnos le dan el sobrenombre de “varón apostólico”, pero él siempre aspiró a una existencia humilde y resignada en la voluntad de Dios. Por eso, cuando aparecen sus primeros problemas serios de salud, agravados por los ayunos y la disciplina a que somete su cuerpo, solicita, ante el asombro de cuantos le conocen, sea admitida su renuncia a la lectoría que desempeña para ser destinado a tareas comunes de apostolado, corre el año 1625. A partir de ahora centrará su existencia en la confesión y la dirección espiritual ejercidas desde su amado Convento de los Remedios de Madrid. Un año después, en 1626, el Capítulo  Provincial de Guadalajara, en gesto de reconocimiento a sus méritos y preparación,  le propone para Padre Presentado, gran dignidad que otorga voto en los debates de Capítulo y conlleva una serie de privilegios y prebendas. Acepta por obediencia, pero renuncia a todas las prerrogativas que le corresponden.

Tirso de Molina dice de Falconi:

«Confesábanse con él casi las personas todas que, en la Corte, solicitan el salvarse. Amábanle en extremo y merecíaselo lo pacífico de sus costumbres. Yo le comuniqué desde su adolescencia y experimenté en su modo de vivir, su mansedumbre y su modestia, retratado un ángel ».

Se habla mucho de él en la Corte de Felipe IV, especialmente en el entorno de su esposa Isabel, por eso es llamado a palacio. Allí acude por obediencia, que no por «afición». Uno de sus amigos lo relata así:

«Fue muy bien recibido. Era muy discreto fray Juan y apacible sobremanera, y como se vio entre aquellas señoras, con su cara de risa y su agrado, empezó a practicarles el negocio de la salvación de sus almas y los medios por donde se podía conseguir con más presteza y suavidad. Pues como vieron aquellas señoras, dueñas y damas de la Reina, nuestra señora, la blandura de nuestro fraile  y que no las encaminaba con rigores y asperezas que otros enseñaban para conseguir el mismo fin, fuéronse aficionando de él y de su doctrina por ser tan suave y amorosa y fuéronse quedando en su escuela algunas señoras de las más graves a las que iba a confesar y enseñar. Mientras vino su Majestad la Reina, nuestra señora con la buena relación que le dieron. Le empezó a tomar por santo y, me dicen que aquel librillo de oro que intitulaba por su humildad la Cartilla para leer en Cristo, la traía siempre su Majestad en la manga»

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