Infancia

María Dolores Mira y Gómez de Mercado

Antonio García Megía

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Hay agitación en la calle. Jesús ha resucitado. Los cristianos celebran el milagro de su salvación, aquél sobre el que sustentan  fe y esperanza.

Es Domingo de Pascua y el pueblo exterioriza una alegría que no alcanza a  enturbiar  el temor a un eventual ataque morisco.  Fiñana disfruta ese día de primavera del  año del Señor de 1596 en que transmuta en recuerdo las penitencias cuaresmales y los dolores de la Pasión. El pueblo está de fiesta por ello.

Pero este 7 de abril viene enriquecido, además, por un acontecimiento especial.  Hoy  don  Gregorio León, párroco de la localidad, impondrá durante el rito bautismal el nombre de Juan a un niño muy deseado. Un futuro cristiano que vino al mundo el pasado 28 de marzo en parto complicado y difícil, haciendo dichosos a sus padres, Isabel de Bustamente y  Juan Falconi, que lo han esperado vanamente durante años. Ha sido fruto de su amor y de la conjunción de  “diligencias divinas”, muchos, muchos rezos, con otras “más humanas”  como tomar “los baños que hay en aquella tierra que dicen de Alhamilla”, de cuyas virtudes da fe este ejercicio de fertilidad toda vez que, después de Juan, el matrimonio se ve premiado con otras dos hijas, María e Isabel.

Tal vez por eso  se celebra de forma desusada en la villa el acontecimiento con fiestas no conocidas antes de máscaras y disfraces que incluyen una espectacular comitiva de falsos hidalgos, de uniforme, y clérigos, de hábito, que llevan al pequeño sobre una bañera dispuesta a manera de cuna y custodiada por seis supuestos cardenales, bajo palio e incensado, hasta la iglesia. Todo el trayecto de la casa al templo está jalonado de altares guardados por un escuadrón de soldados como medida de protección ante los moriscos.

El nacimiento del niño Juan servirá, además, de excusa para el acercamiento de la familia a  los enemigos y rivales políticos de su padre que, en el desempeño del cargo de Alcalde Mayor  de la ciudad, ha cosechado en número considerable en el cumplimiento de su obligación de administrar justicia.

El abuelo,  Juan Falconi (o Falconí),  fue caballero Alguacil Mayor de Toledo y ve con agrado la carrera política que inicia su hijo Juan, abogado de oficio, que le lleva a desempeñar numerosos cargos  de responsabilidad por encargo de la Corte, siempre dentro de la región andaluza.

María de Bustamante es nacida en Guadalajara de familia de renombre y fuerte arraigo religioso, sentimiento que ella trasmite a sus hijos. Su tío fray Jerónimo de Bustamante, mercedario, llegará a Provincial de Castilla y su hermana, Isabel de Bustamante, será la fundadora de las Mercedarias Descalzas.

Desde su más tierna infancia, aseguran quienes conocieron al futuro místico, muestra rasgos de seriedad, responsabilidad y compromiso con sus semejantes impropios siempre de la edad cronológica en que se manifiestan. Se disfraza de franciscano, arroja a los pobres desde la ventana lo poco de valor que hay en la casa, incluso la comida del día y tiene como norma y norte la obediencia, el respeto, el amor a la verdad y la racionalidad.

Hacia los ocho años comienza a vivir experiencias místicas centradas en la figura de Cristo. Vuela en sueños. Vuela hasta caer con frecuencia de la cama. «¡Qué bueno es volar!», llega a decir a sus hermanas. Y es que siente que  «vuela como una paloma hasta hacer su nido en el pecho de Jesús».

La infancia y la adolescencia de  Falconi están marcadas por el oficio del padre que obliga a la familia a marchar de un lugar a otro sin llegar a asentar nunca residencia de forma estable. Pasarán por Almuñécar, Granada, donde hará la  comunión,  Ugíjar, e Hijar. Es un enamorado del estudio.  Cuando los demás niños van a la escuela a deletrear e iniciarse en la escritura, él aprende latín y roba horas al sueño para profundizar en la lectura. La familia comprende la necesidad de afrontar  la cuestión de la continuidad de sus estudios de manera estable y definitiva. Deciden que Juan viva de forma habitual en casa de unos parientes en la ciudad de Granada. Eso le facilitará la preparación del ingreso en la Universidad donde, por seguir la tradición, deberá cursar leyes. Allí permanecerá desde los nueve hasta los quince años.

Solo la vocación religiosa es pareja y entra en competencia con su afán por aprender. A punto de cumplir los catorce años considera definitivamente la opción de entrar en  «religión». Su personalidad humilde le inclina desde un primer momento hacia la Orden de la Merced Redención de Cautivos por su modo de vivir llano y espiritualidad centrada en Cristo, que él tanto ama.

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